Se muestran los artículos pertenecientes al tema Cachitos de mi vida.

Biciclismos Ciclicos

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Me encanta ir en bici al trabajo. Es una de las pocas rutinas de mi día que no me pesa en lo más mínimo. Por muchas veces que recorra los 11 kilometros que separan mi edificio de la oficina, el trayecto nunca se me antoja repetitivo, más bien al revés, me gusta que mi trayecto diario esté adornado por cientos de pequeños detalles conocidos. Parte de ese familiar mobiliario matinal está compuesto por personas, cuyas caras voy reconociendo a fuerza de cruzármelas a diario. Un buen ejemplo es la pareja de mormones que me encuentro a eso de las nueve y cuarto a la altura de Tetuan, montados en sendas Bromptons de color verde oscuro y ataviados con su caracteristico uniforme. Ellos también se han fijado en mi, porque hace un par de semanas que empezaron a saludarme amigablemente al pasar. También está el guarda del Hotel Intercontinental, cerca de la esquina con Rambla de Catalunya, ese que tiene un aire con Shrek, por lo alto y fornido que es. El que no deja de sorprenderme es el viejito del Rottveiler. Es un hombre muy polivalente, cada día me lo encuentro en una actitud distinta. Le he visto sentado en un banco, leyendo un libro; de pie junto a su perro, con cara de resignación, mientras espera, bolsa en mano, a que el animalito deposite el regalito de turno; mirando un escaparate mientras se saca los mocos; soltandole obscenidades a un grupo de quinceañeras... cualquier día me lo toparé saliendo de un banco, corriendo con una saca de dinero a cuestas y la policía pisándole los talones. 

 

No obstante, mi personaje matutino favorito es la pelirroja-pecosa-y- regordeta-de-las-coletas-estilo-Pipi-Langstrup. Me la cruzo con puntualidad germánica a las nueve y veinticinco, a la altura de la Universidad. Viene con cara de velocidad y pose ortopédicamente aerodinámica, pedaleando como si le fuera la vida en ello. El sudor le corre generosamente por las sienes y va dando unos bufidos dignos de Maria Sharapova. Parece sacada de un cómic de Francisco Ibáñez.

 

Hace cosa de un mes, pasé por la Universidad una mañana sin toparme con ella y me extrañó. Lo primero que hice fue mirar el reloj, dando por hecho que me había adelantado unos minutos con respecto a mi horario habitual, pero marcaba las nueve y veinticinco como siempre. Al día siguiente me encontré con el mismo panorama, y al siguiente lo mismo. Algo le había sucedido. No tardé mucho en plantearme el porqué de su ausencia y mi cabeza empezó a escupir una teoría detrás de otra, cada una más peregrina que la anterior. Quizás la habían seleccionado para el casting del factor X y había dejado su trabajo… o tal vez se había marchado a Canadá a conocer a su cybernovio, residente en Quebec, un muchachillo igual de pecoso y pelirrojo que ella al que le gusta coleccionar sellos… o a lo mejor le había saboteado la bici un exnovio resentido, que todavía no le había perdonado los cuernos que le puso.

 

Lo normal es que me hubiera quedado con la intriga para siempre, pero al destino se le antojó proporcionarme la respuesta al enigma hace apenas unos días. Iba yo tan tranquilo andando por el Paseo de Gracia, de camino a la Casa del Libro cuando me la encontré de frente. La pobre iba bufando como siempre, pero sin la bicicleta. Los bufidos se debían esta vez a la falta de costumbre de andar con muletas. Lucía una escayola toda pintarrajeada que le cubría desde el pie hasta la rodilla.

 

Que aburrida puede llegar a resultar a veces la realidad.

 

En fin… enigma resuelto: la chica se partió el tobillo y por eso no podía montar en bici.

Hmmm.... aunque nunca se sabe... quizás le rompió el tobillo aquel exnovio despechado al que le puso los cuernos.

El ratoncito que se metió en un agujero

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Visto el rotundo fracaso que ha tenido mi última canción (no me ha comentado ni mi madre), voy a probar algo distinto. Rebuscando entre mis archivos he encontrado mi primera composición. Como ópera prima no está mal, se nota que todavía no dominaba la guitarra, pero ya apuntaba maneras. 
 
En fin, que he descolgado "Set for Life", el archivo de MP3 que colgué ayer, y he puesto este otro en su lugar. Con todos ustedes, mi primera canción: "El ratoncito que se metió en un agujero". El que quiera escucharlo que haga click aquí

Y encima tiene un mac

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Y allí estaba yo, sintiendome invisible, supuestamente a salvo entre tiburones blancos de gafas empañadas y minuciosas scripts. Y ella fue a por mi, linterna en mano, dispuesta a levantar alfombras, a abrir ventanas, a mostrarme los planos de su hogar sin fisuras, sin muros, sin techo aparente, cimentado en la franqueza. Apostó con los ojos cerrados, porque se reconoció antes de mirar. Me enseñó a desaprender.

Ahora paso los días articulando mi asombro, digiriendo mi entusiasmo, revolcándome en certezas antes impensables.

Sí, ella existe, ¡y encima tiene un mac!

¿Que hago yo aquí?

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Corría el año 1969 cuando Grete se operó de apendicitis. En teoría era un procedimiento rutinario, pero el cirujano se encontró con una pequeña sorpresa en mitad de la intervención.

--Me pinché con algo mientras te operaba-- le dijo a Grete una vez que esta se hubo despertado--. Hay algo extraño en tu zona pélvica, en el hueso. Creo que deberías sacarte unas radiografías y asegurarte de que todo está bien antes de quedarte en estado.

Aquello no hizo más que confirmar las peores sospechas de Grete. Hacía tiempo que sabía que su estructura osea no era como la de el resto de los mortales. Cuando tenía poco más de diez años le diagnosticaron una rara enfermedad llamada "exóstosis múltiple", que hacía que le salieran pequeños bultitos en los huesos. En muchas ocasiones, aquellos bultitos interferían con el correcto funcionamiento de sus músculos y había que extirparlos. Entre los 10 y los 14 años, Grete pasó casi tanto tiempo en el hospital como en su casa. Por fortuna, una vez que dejó de crecer, aquellos bultitos, que estaban hechos de materia osea, también dejaron de aparecer. No obstante, todavía le quedaban bultos por extirpar en el cuerpo y era imposible saber cuantos a menos que se hiciera un exámen radiológico completo, pues muchos de ellos estaban en sitios recónditos, donde no podían notarse al tacto. Ahora, con 23 años y justo cuando se planeaba quedarse embarazada, descubría que tenía otro regalito en la pelvis. ¿Significaba eso que no podría tener hijos?

Un par de semanas después de la su operación de apendicitis y para salir de dudas, Grete acudió a otro médico al que llamaremos "X". X le hizo unas radiografías y para alivio suyo, le dijo que no tenía nada de que preocuparse, que todo estaba en orden, que podía tener todos los hijos que se le antojase sin peligro ninguno. Grete se quedó en estado poco tiempo después. En aquella época no existían las ecografías y era peligroso para el feto hacerse radiografías durante los primeros meses de la gestación, así que Grete no se enteró de lo equivocado que estaba X hasta que le faltaron apenas dos meses para dar a luz. Jose Antonio, un ginecologo amigo de la familia que iba a asistirla durante el parto, recomendó que se le hiciera una nueva tanda de radiografías y se quedó lívido nada más echarles un vistazo. En ellas se podía ver la pelvis de Grete, de la cual salían tres bultos puntiagudos y afilados que apuntaban directamente a la cabeza del feto... a mi cabeza. Sí, aquel carajillo de futuro incierto era yours truly, Mr. Woodsman. Mis padres se tomaron aquel problema con resignación y sentido del humor. Mi primer apodo, antes incluso de haber nacido, me lo dieron ellos. Me llamaban "Scarface" (cara cortada) porque pensaban que iba a nacer con la cara llena de cortes... bueno.... eso si llegaba a nacer. Había muchas posibilidades de que la palmara antes y mi madre también estaba en serio peligro. Afortunadamente yo ya era espabiladillo por aquel entonces y me cambié de posición, huyendo de los dichosos pinchos. Me desplacé hacia arriba, a una posición completamente antinatural, en la que mi pie caía justo encima del nervio ciático de mi madre. Cada vez que daba una patada, mi madre veía las estrellas y en más de una ocasión llegó a desmallarse del dolor.

Gracias a Dios... o a Jose Antonio, tanto mi madre como yo sobrevivimos al parto y llegué a este mundo de una pieza y sin cortes en la cara.

A día de hoy, mi madre desconoce las razones que movieron a el tal doctor X a darle el visto bueno para concebir hijos. Nuestro amigo Jose Antonio contactó con él y le pidió las radiografías que este le había hecho a mi madre antes del embarazo y X se negó en redondo a dárselas. Quien sabe que demonios pasó. Quizás salieron movidas, o se velaron o X simplemente ni se las miró. Mis padres se plantearon la posibilidad de demandarle, pero lo desestimaron. En el fondo le estaban agradecidos, porque si hubiera hecho su trabajo como es debido, yo no estaría en este mundo. Vamos, que le debo la vida a un cabrón negligente que casi se carga a mi madre.

A veces me pregunto como reaccionaría si me encontrara a ese individuo por la calle. ¿Debería darle un guantazo o un abrazo?


PD. Ese niño regordete de los bucles pelirrojos que sale en la foto soy yo, y los de los lados son mis padres, claro.

Imitando al arte

same.jpgCuando teníá diecinueve años, mi libro favorito era "El amor en los tiempos del cólera" de Gabriel García Marquez y mi película favorita era "El próximo año a la misma hora" de Robert Mulligan. Por casualidades de la vida, años después y sin yo buscarlo, viví en carne propia dos historias muy parecidas a esos dos trocitos de ficción que tanto me gustaban. No me gustó vivirlas. Por descontado, me sentí más a gusto en la piel de George Peters que en la de Florentino Ariza, pero si me hubieran dado a elegir, me las habría ahorrado las dos.

Si a día de hoy, con treintaicinco años a mis espaldas, me preguntarais cual es mi película favorita, quizás os respondiera: "Antes del Amanecer" de Richard Linklater. Quien sabe... quizás debería viajar más en tren, a ver si cae y conozco a una Celine de carne y hueso.

Hábitos

picasso-old-guitarist.jpgHace una semana tuve mi primera clase de guitarra. Tras cinco meses de aprendizaje en solitario, intuí que empezaba a estancarme y decidí que ya era hora de hacer las cosas con fundamento. Lo primero que me dijo mi profesor es que en un principio, más que aprender, me tocaba "desaprender". Necesito deshacerme de todos los pequeños vicios posturales que he ido adquiriendo a medida que practicaba por mi cuenta. Llevo cinco días, dale que te pego, repitiendo como un autómata los ejercicios que me ha marcado mi profesor. La primera tarde fue una auténtica agonia. Mis dedos se quejaban con cada ejercicio. Me dolían musculos que ni siquiera sabía que existían. Poco a poco, mis manos han ido acostumbrandose y ya empiezo a mover los dedos sin esfuerzo y sin casi pensar.

Ojalá todo en la vida fuera así de fácil. Ojalá pudieran borrarse todos los malos hábitos con tan solo echarle paciencia y mover mecánicamente los deditos.

Newbury Street

Newbury.jpgMuchas ciudades se quedan semivacías en verano, pero Boston es un caso extremo. Aunque la población fija de la ciudad no llega al millón, se calcula que el numero de personas que transita a diario sus calles entre Septiembre y Mayo ronda los dos millones. La mayor parte de esa masa flotante la constituyen los estudiantes universitarios. Creo que solo en la zona que engloba Boston y Cambridge hay más de 10 universidades y unos 200 colleges, entre los cuales figura mi alma mater, Emerson College. Una vez concluido el semestre de primavera, la mayoría de los estudiantes retorna a sus ciudades de origen, dejando Boston virtualmente vacio. Aquel año, yo decidí quedarme. Y ella también.

Eran las tres de la tarde de un caluroso domingo de Agosto y la calle Newbury estaba desierta. Me daba un poco de grima caminar en medio de aquel silencio. No se movía una hoja, no había ni un alma en las aceras y los coches no circulaban. La ciudad entera parecía estar muerta. Aquella ausencia de sonido no hacía más que acrecentar mi sensación de soledad. Hacía ya más de una semana que ella no me hablaba y la situación no parecía tener visos de arreglarse. No recuerdo el motivo de nuestra discusión, solo sé que en aquel momento estaba convencido de que lo nuestro había llegado a su fin. Llevaba ya un rato pensando en ella, cuando la vi. Acababa de doblar la esquina con la calle Fairfax y caminaba directamente hacia mi. Parecía que la hubiese convocado con mi pensamiento. Ella no me había visto aún. Andaba cabizbaja, con la vista pegada al suelo. Al levantar la vista y verme, se detuvó en seco. Por un segundo, pensé que iba a darse la vuelta y desaparecer por la calle por la que había venido, pero al final optó por seguir caminando. Era imposible hacerse el sueco en una situación así. Estabamos los dos solos en aquella calle. Al llegar a mi altura, cogió aire y con evidente trabajo, me dijo: "hola".

Aquel "hola" nos duró tres años.

Gruñidos de Dinosaurio

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No han pasado ni dos semanas desde que me instalaron el aire acondicionado y ya me estoy arrepintiendo de habérmelo comprado. Me bastaron tres noches durmiendo con el maldito aire puesto para fastidiarme la voz. Llevo una semana a dieta de cantar y empiezo a ponerme de los nervios. Justo me ha coincidido con un periodo en el que he compuesto dos canciones de golpe y me muero de ganas de grabarlas. Ayer me cansé y decidí grabar una de ellas a pesar de mi ronquera. La grabé en una sola toma y me quedé tan contento con el resultado que la colgué inmediatamente en el blog junto con la letra. Me pareció que la ronquera encajaba a las mil maravillas con el tono tristón de la letra.

Esta mañana me dio por escuchar la grabación de nuevo y me llevé las manos a la cabeza. "¡Que voz más espantosa!", pensé. Cosas de la percepción, lo que el día anterior se me había antojado ideal, hoy me sonaba a gruñidos de dinosaurio. Ni que decir tiene que quité el enlace a mi canción de inmediato. Gracias a dios, mi blog no recibe muchas visitas ultimamente. Según el contador de la página donde colgué la canción, tan solo una persona tuvo tiempo de escucharla antes de que yo borrara el enlace. Me pregunto quien fue. Sea quien sea, espero que no tenga buena memoria.

Efecto retardado

mecano.jpgAyer por la noche estaba tocando acordes al azar con mi guitarra: sol - re - mi menor- la menor - do... y pensé: "esto me suena". De algún recóndito lugar de mi memoria surgió la letra de "Ay que pesado" de Mecano y comencé a cantarla. Me sorprendí a mi mismo al recordar la letra de pe a pa, porque la canción nunca me había llamado la atención. Los arreglos de la versión original le dan una apariencia un tanto tonta y simplona a la canción, así que nunca me había parado a pensar en la letra. Ayer, mientras la cantaba, mi cerebro procesó por primera vez la información y al fin me enteré de que iba la canción. Fue una auténtica revelación. El mensaje del señor Nacho Cano me ha llegado con más de quince años de retraso, pero voy a intentar aplicarme el cuento.

AY, QUE PESADO - Mecano

Ay, que pesado, que pesado,
Siempre pensando en el pasado.
No te lo pienses demasiado
Que la vida esta esperando.

¿Cuanto tiempo hace falta
Para que borres las heridas
Que te hiciste en el amor?
¿Cuantas veces te he dicho
Que solo tu tienes la llave
Que abre y cierra el dolor?
Mira que hemos hablado
Que los recuerdos son mentiras
Y que nublan la razon.

No hay que esperar milagros
Porque tampoco los pedias
Cuando hicistes el amor.
No debiste hacer planes,
Tu no decides el futuro
Cuando se trata de dos.
Mira que hemos hablado
Que los recuerdos son mentiras
Y que nublan la razon.



PS. A ver si cambio ya el chip, que últimamente estoy de un monotematico...

La Memoria de los Muertos

la-memoria.jpgUna de las facetas más irritantes de la zona norte de Los Angeles es que la mayoría de la gente que vive allí parece cortada por el mismo patrón. Uno puede tirarse meses sin conocer a una sola persona que no este vinculada de una forma u otra a la "entertainment industry". 29 veces de cada 30, cuando le preguntas a alguien a que se dedica, la persona en cuestión te contesta que trabaja o aspira trabajar en la industria y luego especifica en cual de las tres ramas: cine, televisión o música. La cajera del supermercado de la esquina, el dependiente de la bolera a la que vas los viernes, la peluquera que te corta el pelo cada mes, el veterinario que le puso la vacuna a tu perro la semana pasada... todos están en Los Angeles por la misma razón. Las circunstancias personales de cada uno son distintas, claro: la primera sueña con conseguir un papel protagonista en una película, el segundo espera firmar un suculento contrato discográfico pronto, la tercera está segura de que algún día le comprarán ese guión en el que ha estado trabajando los 4 últimos años y el cuarto no tiene claro lo que va a hacer ni lo que quiere, pero está seguro de se acabará enchufando de alguna manera. Lo más probable es que ninguno de los cuatro consiga lo que se propone.

Mi amigo Omar y yo aterrizamos en los Angeles a finales del 1999 y nuestra situación no difería mucho de la del resto: mi meta era convertirme en director de fotografía, Omar quería dirigir películas y los dos lo teníamos bastante crudo. No obstante, siempre tuve la impresión de que mi amigo Omar llegaría lejos. Todos sus amigos lo pensábamos y eso que teníamos muy claro que su objetivo era uno de los más difíciles de lograr. En Los Angeles, uno levanta una piedra y aparecen 30 aspirantes a directores debajo. No es de extrañar por tanto, que la mayoría de las puertas de los estudios estén cerradas y a veces se antoja una hazaña imposible el abrirlas. El plan de Omar para colarse por la rendija no era nada original: había escrito un guión en el cual tenía mucha fé y pretendía convencer a un estudio de que le dejara dirigirlo. Omar y yo hablabamos siempre como si dieramos por hecho que aquel guión iba a rodarse algún día y nos pasabamos horas discutiendo sobre como iban a ser los planos de la película y que actores serían los idoneos para interpretar cada uno de los papeles.

Recuerdo que un día, tras ver la película "Croupier", estuvimos un buen rato debatiendo sobre si Clive Owen, sería el actor adecuado para interpretar a "Alan Hackman" el personaje protagonista de la película de Omar. Yo no estaba muy convencido. En un momento determinado pasamos por delante de un video club y al ver el poster "Bicentenial Man" que había en el escaparate yo dije: "¿Que te parece ese para el papel de Alan?" y Omar contestó: "¿Robin Williams? Es demasiado viejo para el papel. Además, es un actor demasiado importante. Jamás trabajaría con un director novel como yo".

Esta mañana pase por delante de un cine en el que hoy se estrena "La Memoria de los Muertos" -el título inglés es "The Final Cut". El protagonista de la película no es otro que Robin Williams y el director es Omar Naïm.
Que vueltas que da la vida.

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PD: En teoría, el post se acababa aquí, pero pensé que quizás os interesaría leer esto otro. El destino quiso que la revista de cine para la que trabajo, me encargara entrevistar a mi amigo Omar. Este es el texto del artículo que escribí para ellos (la revista en cuestión se llama Travelling y el artículo se publicó en Noviembre):

THE FINAL CUT
EL DIRECTOR OMAR NAÏM NOS CUENTA EL TORTUOSO CAMINO QUE LE LLEVÓ A DIRIGIR SU PRIMER LARGOMETRAJE

A más de un aspirante a director se le ocurre la misma pregunta el día en que se gradúa de la escuela de cine: “¿Y ahora que hago?” La respuesta no es nada fácil de encontrar. No existe ningún mapa que le guíe a uno a través del misterioso camino que conduce al éxito profesional. En una industria tan competitiva y cerrada como la del cine es muy difícil saber a que puertas hay que llamar, sobre todo porque la mayoría están cerradas para uno. Hace algo más de tres años, Omar Naïm, un joven libanés afincado en Estados Unidos, luchaba con el mismo dilema. Esta es la historia de como Naïm pasó de trabajar de simple chofer en un rancio concurso de televisión a dirigir su primer largometraje, The Final Cut, una producción de Hollywood de 10 millones de dolares de presupuesto, con Robin Williams de protagonista.

Naïm tenía muy claro cual era el primer paso a seguir: “Yo sabía que la forma de que me dejaran dirigir un largometraje era escribir el guión de una película de bajo presupuesto, con una historia que tuviera garra y que encajara en un género determinado, y luego intentar venderlo y luchar para que me permitieran dirigirlo”.

Con ese plan en mente, Naïm se sentó a escribir un guión de ciencia ficción con ingredientes de thriller llamado The Final Cut; un título que se podría traducir al español como: El montaje final. El mundo que nos muestra The Final Cut es muy similar al nuestro, con una sola salvedad, en él existe una tecnología que permite grabar la vida entera de una persona con imagen y sonido a través de sus ojos y oídos. Al morir esa persona el material es entregado a un editor, que elabora un video sobre su vida. Alan Hackman, el personaje principal, es un editor especializado en encargos difíciles, que monta las vidas de personas con un pasado turbio. La trama se complica cuando llegan a sus manos unas imágenes comprometedoras.

“Me pasé mi último año de carrera editando un documental. Después de pasar tanto tiempo experimentando con el montaje, me di cuenta de lo manipulador que puede llegar a ser ese proceso. En ocasiones, una vez que eliminas un trozo de metraje y ves la versión final de la película sin él, hasta tu mismo te olvidas de que llegó a existir. El montaje final de una película guarda muchas similitudes con la forma en la que uno recuerda su propia vida, pues uno no se acuerda de todos momentos que vive, sino de un resumen, fruto de la interpretación de los mismos. Esa conexión entre la memoria y el montaje se me quedó grabada en el cerebro y fue la semilla de mi idea.”

Una vez terminado el guión, Naïm se encontró en un punto muerto. Estaba seguro de que su historia tenía potencial, pero no sabía como hacerlo llegar a las manos adecuadas. “Me dije a mi mismo que era imprescindible tener fe en el guión y actuar como si este fuera un proyecto que iba a materializarse. Así, con un poco de suerte, quizás sucedería. De manera que empecé a pre-visualizar la película y a hacer storyboards. Quería rodar esta película a cualquier precio y me daba igual donde, ya fuera en Europa, el Líbano o en Estados Unidos”.

La respuesta a su problema le llegó de la mano de Randa Chahal, una directora libanesa amiga suya. “Le envié le guión, solo quería que me diera su opinión, pero a Randa le gustó tanto que me sugirió que lo presentara al proyecto Equinoxe, del cual yo no había oído hablar hasta entonces”.

Equinoxe es un prestigioso taller de guiones, en el que se concursa para ser admitido. Cada año se seleccionan tan solo 12 guiones entre cientos de aspirantes. Los ganadores del concurso viajan a Francia y participan durante varios días en un taller intensivo en el que reputados profesionales del medio les ayudan a mejorar sus guiones. Entre esos profesionales no solo hay guionistas, sino también productores y directores.

¡Me aceptaron! Entonces pensé que la película estaba predestinada a ser rodada en Europa, que esta era mi gran oportunidad para causar buena impresión entre los productores europeos que acudían al taller, pero al final resultó que la gente que se interesó por mí fueron todos de Estados Unidos. Allí conocí a Bob Bookman, que luego se convirtió en mi agente y a Jonathan Nossiter, un director, que me puso en contacto con Nick Wechsler, la persona que acabaría produciendo mi película. Cuando volví a Los Angeles, les envié a Bob y a Nick el último borrador de The Final Cut y por suerte les gustó mucho a los dos. Nick tenía mucha experiencia trabajando con directores noveles y creyó en mi desde un principio. Estoy aquí gracias a que Nick tuvo el coraje de apostar por mi.

En un par de semanas, Naïm pasó de no tener representación artística a firmar con CAA, una de las agencias de talentos más prestigiosas de la industria, y a contar además con Wechsler como escudero. Era un gran paso adelante para Naïm, pero aún le quedaba mucho camino que recorrer. Todavía tenía que convencer a un estudio de que estaba capacitado para dirigir un largometraje.

DE GIRA POR LOS DESPACHOS

Escribí un manifiesto de 10 páginas en el que detallaba la forma en la que pensaba dirigir la película y con la ayuda de un dibujante, preparé un dosier con storyboards. Con esas armas bajo el brazo, Nick y yo empezamos a llamar a las puertas de todos los estudios de Hollywood. Fue una época realmente estresante en la que sentía como si mi futuro entero dependiera del éxito de cada reunión, pero supongo que ese tipo de presión hace brotar lo mejor de algunas personas. Logramos que 5 productoras se interesaran en el proyecto. Lions Gate fue la última en llegar, pero al final nos quedamos con ella. Algunas productoras querían cambiar el material, otras proponían presupuestos que no eran realistas. Lions Gate estuvo siempre en sincronía con nosotros y nos propuso el mejor plan, incluso se comprometía a respaldar el proyecto conmigo como director. Solo nos pusieron una condición: si en el plazo de un año no éramos capaces de firmar con un actor de peso para el papel principal, ellos se reservarían el derecho de hacer la película con otro director. Era algo que me esperaba y que no me preocupó en absoluto. A esas alturas estaba convencido de que era la persona ideal para el trabajo y sería fácil convencer a los actores. A veces, cuanto menos sabe uno, más huevos le echa.”

Por aquella época, el guión llevaba ya un tiempo circulando por los despachos de la ciudad y había adquirido cierta popularidad entre la gente del mundillo. Eso hizo que las posibilidades de Naïm de conseguir al actor que necesitaba se multiplicaran y empezaron a barajarse nombres de verdadero calado.

Era como un sueño, hermoso y aterrador a la vez. De repente, nombres como Edward Norton y Matt Damon se convirtieron en Ed y Matt. Mi opción inicial para el papel principal fue Clive Owen, pero en aquella época el no era aún una estrella. El estudio tenía sus dudas y al final cambié de opinión, así que nunca llegamos a contactar con él. A medida que pasaba el tiempo me iba dando cuenta de que necesitaba un actor de más edad, alguien con calidez natural, que desprendiera humanidad. Cuando surgió el nombre de Robin Williams, tuve que pararme y pensar. Releí el guión con Robin en la cabeza y lo redescubrí. Ahora es por completo la película de Robin. Él conquistó al personaje y le volvió real.”

Naïm se dio cuenta entonces de que no solo tenía a su alcance a actores famosos, sino también a los mejores profesionales del medio. “Tuve una ocurrencia muy arrogante. Me figuré que ya que esta película trataba sobre el mundo de los editores, cualquier editor estaría encantado de trabajar en ella. Así que apunté a la primera persona de mi lista, Dede Allen. Su película Rojos tuvo en su día una gran influencia en mi forma de concebir el arte del montaje, sobre todo por su estructura. A Dede le gustó el guión, accedió a verme en persona, yo le enseñé los storyboards… y para mi sorpresa me dijo que sí en seguida.”

Animado por el éxito con Allen, Naïm se animó a sondear a otro de sus ídolos, el director de fotografía Tak Fujimoto. “El suyo fue uno de los primeros nombres de operadores que memorice, cuando apenas tenía 14 años. Me familiaricé con su trabajo a través de sus películas con Jonathan Demme. Su forma de iluminar es muy precisa y a la vez rebosa sentimiento. Estaba tan nervioso el día que me entrevisté con él que creo que no logré respirar en toda la reunión. La gente siempre te advierte que los directores de fotografía no suelen tomar muy en serio a los directores noveles, así que yo estaba un poco a la defensiva. Pero Tak no es así. Es un tipo muy gentil y de hablar pausado. Le encantó el guión y apreció el hecho de que yo hubiera hecho mis deberes con antelación, así que accedió a trabajar en la película”.

LUZ VERDE

Con tres pesos pesados como Williams, Allen y Fujimoto a bordo, el estudio no tardó en dar el visto bueno al proyecto. La pre-producción de la película comenzó en Vancouver, Canada, en Marzo de 2003. Naïm se enfrentaba a un nuevo reto. Su experiencia se limitaba al rodaje de cortos en un ámbito puramente académico y no sabía si existía algún hueco en su formación que pudiera pasarle factura durante el rodaje.

Mientras trabajaba en esta película, tenía dos ideas danzando permanentemente en la cabeza a la vez: ‘Sé lo que hago, puedo hacerlo’ y ‘no tengo ni idea de lo que estoy haciendo ¡y se van a dar cuenta!’ De alguna manera, esas dos ideas coexistían. Pronto comprendí que el mecanismo de una película es siempre el mismo, sin importar el tamaño del presupuesto. La mayoría de mis conocimientos en el campo del corto eran extrapolables al terreno del largometraje. Uno siempre necesita localizaciones, actores, cámaras, luces, permisos, extras, comida, un plan detallado… Una de las virtudes de la escuela en la que estudié es que le daba a uno la oportunidad de trabajar en muchos rodajes y todos ellos funcionaban con la misma estructura jerárquica que utiliza Hollywood, así que tenía muy claro como comportarme con el equipo técnico. La lección más importante que aprendí es que YO era el director, así que los demás tenían que facilitarme el trabajo y no al revés. Recuerdo un día en que me preocupé porque había mucho trafico e iba a llegar tarde a una reunión. Estaba sudando de los nervios y Tak se giró y me dijo: ‘Eres el director. Que te esperen’ y yo pensé: ‘Tiene razón… siempre me olvido de eso’”.

EL DÍA “D”

La noche antes del rodaje deseaba con todas mis fuerzas morirme para no tener así que acudir al rodaje al día siguiente. Recuerdo que ya por la mañana, mientras caminaba hacia el lugar donde íbamos a rodar el primer plano y a medida que iba dejando atrás filas y más filas de camiones y roulottes, y sorteando cables, generadores y luces; pensé: ‘¡Pero que he hecho! Toda esta gente está aquí por mi!’ Aquel día nos tocaba rodar una buena mezcla entre planos difíciles y planos sin complicaciones. Empecé a hacer mi trabajo y antes de darme cuenta el día había acabado y yo había sobrevivido. Durante meses me sentí algo avergonzado por aquella reacción previa al rodaje, hasta que escuche de boca de otros directores que es algo muy común y que de hecho es un temor que te acompaña durante toda tu carrera. Es realmente terrorífico llegar a un set por la mañana y encontrarse con todos los actores y el equipo técnico mirándote fijamente, esperando que les digas lo que tienen que hacer. Creo que un director es en realidad un actor representando el papel de un director. La actitud de un director marca por completo la pauta de la de todos los demás”.

“El tener a Tak a mi lado en el set me ayudó enormemente en mi relación con el resto del equipo técnico. No es fácil ganarse el respeto de los curtidos eléctricos y maquinistas, pero ellos vieron que Tak apoyaba mis decisiones y me dieron una oportunidad. No tardaron en acostumbrarse a mi forma de trabajar. Las diferencias de edad y experiencia entre nosotros desaparecieron rápidamente y fueron sustituidos por el respeto mutuo y una fabulosa energía colaborativa. Durante el rodaje, tenía la impresión de que todo el mundo estaba disfrutando realmente con su trabajo, que todos nos dejábamos el resto por una película que amábamos. Por lo que he oído, este tipo de atmósfera no es muy común en otros rodajes, pero yo intentaré que se repita en mis futuras películas
”.

Meses antes, durante el periodo de negociaciones, una de las consignas que Naïm repetía sin cesar a los ejecutivos era que él se sentía muy cómodo tratando con actores. Argumentaba que les entendía muy bien, porque se había criado entre ellos –su madre es actriz–, pero en realidad no las tenía todas consigo. “En realidad lo decía para compensar el hecho de que no tenía mucha experiencia trabajando con actores. Necesitaba que el estudio confiara en mi. En un principio, me intimidaba la idea tener que decirles a dos ganadores de un oscar, como Robin y Mira Sorvino, que es lo que estaban haciendo mal, pero ese miedo desapareció rápido. Me di cuenta de que a los actores les gusta que les dirijan. Necesitan saber que el director está profundamente inmerso en el momento que ellos tratan de crear. Que uno se muestre comedido no les ayuda en absoluto. Por otro lado me tranquilizaba saber que cobraban muy poco dinero por trabajar en esta película. Eso significaba que estaban ahí porque lo deseaban, en calidad de artistas. Yo tenía la ventaja de que había escrito el guión y el guión es muy detallado. A menudo no tenía que decirles nada. Otras veces bastaba con una o dos palabras, una simple idea que desencadenara nuevas ideas. Me gusta cultivar un aire de complicidad con cada uno de mis actores, la impresión de que tan solo nosotros dos conocemos de verdad al personaje y que tenemos que darle vida juntos.”

Una vez finalizado de rodaje, el trabajo de gente como Fujimoto o Williams había concluido y eran libres de embarcarse en nuevos proyectos, pero a Naïm aún le quedaban por delante muchos meses de trabajo en la sala de montaje acompañado de Dede Allen y Robert Brakey. “Sabía que el proceso de post-producción me deparaba muchas sorpresas, pero la más inesperada de todas me la llevé durante la mezcla de sonido. La mezcla se hace cuando el montaje de la imagen ya está terminado, de manera que uno tiene la falsa impresión de que el trabajo ya está todo hecho, pero en realidad, el sonido no empieza a adquirir verdadera forma hasta que llega la mezcla. En apenas una semana uno tiene que crear todos los matices sonoros que dan vida a una película, mientras que el equivalente a ese proceso en el terreno visual dura meses. Mi primera mezcla no fue muy buena, sobre todo debido a mi inexperiencia. Desconocía el verdadero potencial del sonido como elemento dramático. El volumen de la música estaba demasiado alto y eso ahogaba todo el sonido ambiente. Los detalles como los ruidos de los coches pasando o el del roce de la ropa al caminar se perdían. El resultado fue que el filme adoptó una apariencia muy abstracta al faltarle los sonidos de la vida real. Afortunadamente, tuve una segunda oportunidad de mezclar y arreglé el problema. Y la película se volvió mucho más humana.”

EL VERDADERO EXAMEN

Ahora que la película ya está terminada a Naïm le queda una última prueba que superar; la más importante de todas, la de la audiencia. Tras ser exhibida en dos festivales, Berlin y Deauville y ganar el premio al mejor guión en este último, The Final Cut se estrenará en Estados Unidos en Octubre. Es en el estreno cuando un director novel se juega realmente su futuro; pues al fin y al cabo, si un estudio produce películas es para ganar dinero. Lo desconcertante es que el factor público solo tiene un efecto limitado en la recaudación final de una película. Es una simple cuestión de matemáticas: si una película se estrena en tres mil salas alrededor del país, ganará mucho más dinero que si lo hace solo en trescientas, y quien decide el numero de salas en las que se exhibirá una película no son los espectadores, sino el propio estudio. Cuanta más fe tenga un estudio en una película, más dinero se gastará en promoción y más presionará a las cadenas de cines para que exhiban su producto. Por eso, una buena o una mala reacción por parte de la crítica puede catapultarte o hundirte, porque los estudios escuchan con atención ese tipo de opiniones. Por lo que respecta al público, Omar Naïm está tranquilo.

Nunca me rompí la cabeza tratando de averiguar que es lo que le agrada ver al espectador medio y lo que no. Ese no es mi trabajo. Mi objetivo era hacer el tipo de película que a mi me gusta ver y que nadie hace, una combinación entre lo mejor del cine americano y del resto del cine internacional y que con suerte le gustaría a otra gente también. Crecí en un país árabe, viendo películas que nunca eran árabes. Eran historias que sucedían en lugares remotos, que no me eran en absoluto familiares y que mostraban a personas que tenían siempre un aspecto muy distinto al mío. Creo que a consecuencia de eso nunca fui al cine con la idea de buscarme a mi mismo, sino a otras personas. En mi opinión, no es indispensable que el publico se identifique con el protagonista; que este les caiga bien. Lo verdaderamente importante es que el personaje en cuestión les resulte interesante. Michael Corleone no es un tipo agradable.”

Sea cual sea la recaudación final en taquilla, nadie puede quitarle a Naïm la experiencia vivida. “Los sentimientos que este proceso me ha inspirado han sido verdaderamente intensos. Esto es algo con lo que he soñado desde que tenía 13 años y por fin se me presentó la oportunidad de hacerlo. Mi mayor miedo no fue nunca que la oportunidad se desvaneciera a medio camino, o que alguien se aprovechara de mi, lo que de verdad me preocupaba era no poder demostrar con hechos todas las promesas que hice durante esos meses de negociaciones. La mezcla entre entusiasmo, miedo y adrenalina le da a uno mucha energía. En cierto modo, cabalgue sobre ese cóctel de hormonas y locura durante meses. Creo que es así como la gente sobrevive un rodaje tras otro”.

Ham and Eggs (Segunda Parte)

Lennon.jpgJohn Lennon y Paul McCartney siempre firmaban juntos sus canciones, sin importar cuanto había contribuido cada uno en la creación de las mismas. Lennon siempre detestó "Yesterday", pues era de las pocas canciones con las que él no había tenido nada que ver, y para su frustración se convirtió con el paso de los años en la canción de más éxito del grupo. Para colmo, cada vez que el pobre Lennon entraba en un restaurante o un bar donde hubiera un grupo tocando, se producía el mismo irritante fenómeno. En cuanto los dueños del local se apercibían de su presencia, lo primero que hacían era pedirle al grupo de turno que interpretara "yesterday" en honor a John Lennon, ignorando que metían la pata hasta el fondo.

Mi tío Sixto es pintor y en mi opinión, muy bueno. Tiene toda la casa decorada con sus pinturas. Durante mi niñez pasé muchísimo tiempo en esa casa, pero jamás le presté atención a las pinturas. Fue muchos años más tarde, y ya de mayor que trás una larga ausencia volví a visitar la casa de mi tío y me quedé impresionado con su trabajo. Me gustaba todo, pero había un cuadro en particular que me fascinaba. Me tiré un rato largo mirándolo. No se parecía a el resto y eso me intrigó. En cuanto pillé a mi tío por banda le comenté lo mucho que me gustaba aquel cuadro. "Es lo mejor que has pintado, con diferencia ¿Por qué no has hecho más de este estilo?", le dije. "Ese no es mío, lo pintó tu abuela", confesó él. "Bueno... de casta le viene al galgo", comenté yo, deseando que se me tragara la tierra. En mi defensa, he de decir que el cuadro en cuestión no estaba firmado.

Ham and Eggs

yesterday.jpgCuentan que Paul McCartney se despertó un día tarareando una canción. No recordaba como había aterrizado aquella canción en su cabeza, el caso es que no podía parar de tararearla, estaba como obsesionado con la dichosa melodía. Desde el principio dio por supuesto que había oído la canción en algún sitio, pero por mucho que lo intentaba, no lograba acordarse de donde la había escuchado. Lo que más le intrigaba era que no tenía ni idea de cual era la letra de la canción, así que se inventó una letra de relleno: "Ham and Eggs, oh, my baby how I like your legs!" y empezó a cantarsela, uno por uno, a todos sus amigos con la esperanza de que alguien le desvelara de donde procedía aquella misteriosa melodía. Para su sorpresa, nadie parecía haber oído la canción antes. Tras meditarlo mucho, llegó a la insólita conclusión de que había sido él mismo quien la había creado mientras dormía.

Hace cosa de un mes me compré una guitarra y desde entonces y armado de un libro, he intentado aprender yo solo a tocarla. Aunque la cosa va lenta y no he aprendido más que cuatro acordes, anteayer me animé a componer una canción basándome en esos cuatro acordes. Lo extraño es que no tardé ni cinco minutos. Empecé a tocar distintas combinaciones de esos cuatro acordes y la melodía me salió casi sola. Inmediatamente sospeché que no era una melodía original, que la había escuchado en algún sitio antes y al igual que hizo en su día el señor McCartney se la tarareé a varios amigos, pero a nadie le resultaba conocida. Creo que me pasaré la vida pensando que se la he plagiado a alguien de una manera inconsciente, igual que le pasó a McCartney. Ni que decir tiene que no pretendo comparar mi canción a la de McCartney. La mía es muy mediocre y la otra quizás os suene. Aquel trozo de los "ham and eggs" acabó convirtiéndose en:

Yesterday
All my troubles seemed so far away...

Momentos de película

Before.jpg
Anteayer fui a la sesión de medianoche a ver “Antes del Atardecer” . Mientras escuchaba a Ethan Hawke y Julie Delphi hablar como cotorras, no paraba de pensar en mi amiga Justine. Mi relación con ella era completamente opuesta a la que mantienen los personajes de la película. Justine y yo no teníamos química alguna, al menos en lo que a la comunicación verbal se refiere.

Conocí a Justine hace unos 6 años, curiosamente durante el rodaje de una película. Por aquel entonces, tanto ella como yo estudiábamos cine en la misma universidad, en Boston y un amigo común nos había pedido que le ayudáramos a rodar un cortometraje fuera de horas de clase. Yo era el director de fotografía, y ella mi ayudante de cámara. Justine era una versión morena –y en mi opinión mejorada– de Drew Barrymore. Era de esas chicas que no se maquilla nunca, pero no le hacía falta, tenía una belleza natural en la que era difícil no reparar. Traía de cabeza a la mitad de los integrantes del equipo de rodaje, hasta un punto en que llegaba a entorpecer nuestro trabajo, porque andaban todos distraídos con su presencia. Yo di por hecho desde el principio que con tanto moscón revoloteando a su alrededor, Justine nunca se fijaría en mi, así que ni me molesté en tirarle los tejos. Cual fue mi sorpresa cuando una noche al final del rodaje Justine me propuso que fuéramos a cenar a algún sitio juntos, y yo –haciendo un auténtico esfuerzo por disimular mi pasmo– le dije que sí, claro está.

La “cita” fue una auténtica catástrofe. Nos pasamos la noche hablando del tiempo y de otros temas igual de banales. Éramos incapaces de hilvanar más de tres frases seguidas sin caer en el más incómodo de los silencios y cada vez que eso sucedía, ella miraba distraídamente al techo y yo me sentía torpe y aburrido.

Siempre me han atraído las mujeres distintas a mi -creo que fue eso y no su físico lo que me hizo fijarme en Justine-, el problema residía en que nuestras diferencias eran demasiado acentuadas. Justine y yo no teníamos absolutamente nada en común, éramos como el día y la noche. Todo lo que a mi me entusiasmaba, a ella la dejaba fría y viceversa. Ni siquiera nos unía nuestra afición por el cine, pues ella era de esos raros cinéfilos a los que no les agrada hablar de películas.

Ya de vuelta en casa, llegué a la conclusión de que Justine y yo debíamos de ser la pareja más aburrida del planeta. Sin embargo, a la mañana siguiente me sorprendí a mi mismo echándola de menos y alegrándome de corazón al verla de nuevo en el rodaje. Un par de semanas después de acabado el rodaje, Justine me llamó y me propuso cenar juntos de nuevo, y yo pensé: “¿por qué me haces esto?”, pero acepté, claro.

Justine siguió llamándome y proponiéndome hacer cosas y yo seguí aceptando pese a que era evidente que no conectábamos. A medida que pasaba el tiempo fui dándome cuenta de que –aún a pesar de nuestra incapacidad para comunicarnos– me agradaba estar en su compañía. Me gustaba tenerla cerca. Creo que ella sentía lo mismo, porque sin ponernos de acuerdo, ambos empezamos a sugerir actividades conjuntas en las que no tuviéramos que hablar demasiado. Íbamos al cine, jugábamos al baloncesto (me pegaba unas palizas de muerte), hacíamos senderismo y salíamos por ahí en compañía de nuestras respectivas parejas de turno. Un par de meses después de graduarnos, ambos nos mudamos a los Ángeles, al igual que hicieron más del 50% de nuestros compañeros de clase. Yo vivía en North Hollywood y ella no muy lejos, en Burbank, así que nos seguimos viendo a menudo. En muchas ocasiones, y una vez que nuestros silencios dejaron de resultarnos incómodos, sentí el impulso de besarla; pero nunca lo hice. Tenía clarísimo que Justine y yo no servíamos para ser pareja.

A finales del año 2000, mi permiso de trabajo caducó y no encontré manera de renovarlo, y muy a mi pesar, decidí que ya era hora de volver a España. Vendí mi coche y todos mis muebles, me despedí de mis amigos y pocos días antes de nochebuena, crucé el charco a bordo de un avión. Una de las últimas personas a las que vi fue Justine. Me pidió que pasara por su casa de camino al aeropuerto y así lo hice. Estuvimos hablando un rato hasta que llegó el inevitable momento del adiós. Yo me esperaba que me diera un abrazo, pero Justine ––impredecible como siempre–– se me acercó, tomó mi cara entre sus manos y me besó. Fue un beso lento, tierno y tranquilo en el que, en apenas unos minutos, nos comunicamos todo lo que no nos habíamos dicho en dos años con palabras. Luego, me dio un largo abrazo y me susurró al oído unas palabras que jamás olvidaré: “I just wanted to know how it felt like to kiss you”.

Fue un auténtico momento de película. Quizás lo fue precisamente porque surgió entre dos cinéfilos. Probablemente fue por eso que sus palabras sonaron sin querer a guión de Hollywood y quizás es por eso también que mi memoria revive el momento de una manera idealizada, con fotografía en technicolor y casi con banda sonora incluída. Lo que me parece realmente irónico de todo esto es que en "Antes del Atardecer", la película que me recordó a Justine, no se ve ningún beso.



PD. El que quiera leer una reflexión como dios manda sobre "Antes del Atardecer", que le eche un vistazo al blog de mi amiga Patri. No tiene desperdicio.

Mi aldea global particular

myvillage-1.jpgCreo que la tecnología ha avanzado tanto en este último siglo que ha llegado a dejarse atrás a si misma. Vivimos en un mundo en el que las distancias se han borrado a medias, de manera un tanto torpe e inhumana. Se nos permite de comunicarnos con personas que están a miles de kilómetros a través de la voz y de la palabra y experimentar una falsa sensación de cercanía, pero la distancia física permanece. Ni el teléfono, ni el internet le permiten a uno abrazar al interlocutor y aunque sea posible ver a esa persona a traves de una video conferencia, esos ojos que le miran a uno son un mero sucedaneo del original. Es cierto que hoy en día uno puede viajar grandes distancias en un espacio relativamente corto de tiempo, pero la distancia no solo está hecha de kilometros sino también de obstáculos logísticos.

La vida era más simple cuando los seres humanos vivían en un pequeña aldea y no salían de ella en toda su vida. Yo quizás me he aventurado demasiado lejos de mi aldea. En mis 34 años de existencia he tenido el privilegio de vivir en 3 países y 7 ciudades distintas. He visitado muchas aldeas para luego dejarlas atrás y por desgracia, cada vez que lo hacía, también dejaba atrás a seres queridos. A veces desearía construir mi propia versión en miniatura de la aldea global y poner en ella a todas las personas a las que quiero. Mi vida sería más completa si ellos vivieran cerca, porque su compañía me aporta y su ausencia me hace sentirme incompleto. No obstante, por mucho que me pese la ausencia de mis amigos, le estoy agradecido a la tecnología por haberme permitido salir de mi aldea, porque si no, no les habría conocido.

Esta última semana me ha visitado mi mejor amigo. Hacía 2 años que no nos veíamos porque él vive en Los Angeles y yo aquí en Barcelona. Hoy se fue, y es muy posible que tardemos una eternidad en volver a coincidir. Para vernos, uno de nosotros necesitará gastarse como mínimo 700 euros y montarse en un avión durante 12 horas. A ver cuando inventan de una maldita vez la teletransportación, que cada vez que veo Star Trek, me muero de la envidia.

PD:No soy el único que le da vueltas a lo de la tecnología y las relaciónes a distancia. Echadle un ojo a lo que escribió mi amiga Patri hace unos días en su post Pompas de Jabón.

La cuarta pared se rompe

behind_the_curtain.jpgA veces tengo la sensación de que la biosfera y la blogosfera son dos mundos a parte, por eso me llama la atención cada vez que esos dos mundos se tocan, aunque sólo sea brevemente.

El lugar: La cafetería Starbucks en la calle Consell de Cent, cerca de la esquina con Rambla de Catalunya.
La Hora: la una del mediodía.

Como cada miércoles, me encontraba allí escribiendo. Siempre voy a ese Starbucks en particular porque se puede navegar con internet sin cables de manera gratuita (en los otros Starbucks tienes que pagar). Acababa de colgar el último post en mi blog y me disponía a salir del café cuando me fijé en una chica que estaba sentada de espaldas a mi, a unos 5 metros de distancia. Ella también tenía un ordenador portátil y parecía estar navegando por internet. Al pasar cerca de ella de camino a la salida, más por inercia que por verdadera curiosidad, eché un vistazo por encima de su hombro a la pantalla de su ordenador y me sorprendió mucho lo que vi. Era la página de un blog que yo suelo visitar a diario, el de Bo Peep, inconfundible por la foto y su llamativo fondo de color rojo. Me chocó que entre los millones de páginas que hay en internet, aquella chica había ido a dar precisamente con esa; aunque en el fondo no tenía de que extrañarme. La bitácora de Bo es una de las más leídas en España, incluso mereció una reseña en la sección que el país dedica al mundo del internet. Cada día visitan a Bo cientos de personas, no obstante, no pude evitar preguntarme si esa chica del cafe no sería una de esas personas sin rostro con las que me he cruzado en la blogosfera. Quizás he leído alguna vez un comentario suyo en la página de Bo. O puede incluso que alguna vez haya visitado su página, si la tiene. Y hasta es posible que ella haya visitado la mía.

Me quedaré con la duda, porque me pudo la timidez y me fui del café sin preguntarle nada a la chica.




El blog de Woodsman

"I went to the woods because I wished to live deliberately, to front only the essential facts of life, and see if I could not learn what it had to teach, and not when I came to die, discover that I had not lived. I wanted to live deep and suck out all the marrow of life, to drive life into a corner and reduce it to its lowest terms, to know it by experience and be able to give a true account in my next excursion" (Henry David Thoreau)

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